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Así que no me plagies :)

Así que no me plagies :)
martes, 13 de noviembre de 2012

El enano

Quiero dejar claro, que no tengo nada en contra de las personas pequeñas, de hecho, tengo una amiga afectada por enanismo, que se llama María, a la que aprecio muchísimo y que me parece una de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida.

Además, me río mucho con ella (nunca de ella, que no es lo mismo).

Como ella misma dice: "Seguro que follo más que tu..." y es cierto, tiene mucho éxito con los hombres.

Es grande María.

Perdonad por este pequeño inciso, pero tenía que aclararlo antes de que leáis lo que sigue a continuación.

Esta historia me ocurrió en realidad y pasé mucho miedo.

De hecho, aunque hubiese sido alguien más alto (osea, grande, como dicen ellos mismos) o cualquier otro tipo de hombre, habría pasado el mismo miedo.


Basado en hechos reales


Era mi primer empleo.

Recién cumplida la mayoría de edad (una niña).

Línea seis del metro de Madrid.

Pasada la hora punta.

En mis manos, un buen libro: “La Historia Interminable” de Michael Ende (el cual, como ya he dicho en varias ocasiones, he leído tres veces. Aquella fue la primera vez que lo leía).

En el andén: prácticamente nadie (ya digo que acababa de pasar la hora punta).

El tren acababa de abandonar la estación del metro. Así que decidí esperar al siguiente, sentada en uno de los bancos del andén mientras disfrutaba de tan apasionante lectura.

A los pocos minutos, sentí una presencia muy cerca, sentada a mi derecha, casi pegada a mí.

Tan enfrascada estaba en mi libro, que apenas me había percatado de su llegada.

Giré mi cuello hacia el lugar, apenas sin levantar la mirada del libro, echando una rápida ojeada en esa dirección; para descubrir quién era aquel sigiloso ser que se había sentado tan cerca de mí: un enano.

Tendría unos cincuenta años y me miraba con ojos picaruelos... me sonreía de manera lasciva…

 ¡A saber lo que le pasaba por la cabeza!

Le devolví la mirada con un gesto muy serio, de arriba abajo por encima del hombro (no me llevó mucho tiempo debido a sus cortas dimensiones). Con aquel gesto, intenté decirle: “¡Borra esa estúpida sonrisa, payaso! ¿No ves que podrías ser mi abuelo?"

Regresé a mi Historia Interminable. Atreyu, el protagonista, estaba a punto de ser devorado por la Nada (si habéis leído el libro, sabréis de lo que hablo) y no me apetecía que nada ni nadie interrumpiera aquellos sucesos literarios.

Pero el enano no supo leerme el pensamiento (o no le daba la gana), y como si en lo único que pensase el desgraciado fuese en fastidiarme, comenzó a rozarme lujuriosamente la pierna con su piececillo colgante.

Muy sensualmente.

¡No me lo podía creer! ¡Qué atrevimiento!

Por unos instantes, tuve la tentación de levantarme, cogerle por el brazo, y zarandearle como a un niño pequeño. Pero el muy capullo, seguía sonriéndome y mirándome con lujuria.

En el andén apenas había dos o tres personas más.

Entonces se oyó el traqueteo de los vagones sobre los raíles. Eso fue lo que salvó al enano de morir desnucado contra las vías, pues yo estaba a punto de lanzarle hacia el hueco, ya que acababa de guiñarme un ojo y lanzarme un besito con aquellos labios de almendra que empezaban a darme asco.

Cerré el libro, le eché una última mirada asesina y me encaminé hacia los vagones sin mirar atrás (pero con el corazón latiéndome muy rápido en el pecho; de impotencia, de miedo, y no sé cuántas cosas más).

Se abrieron las puertas. Había asientos libres. Así que me senté y volví a abrir mi libro.

Era en esa misma línea de metro donde debía bajarme, así que no debía hacer ningún transbordo. Y aún quedaban más de diez estaciones...

Me abandoné a la lectura sin preocuparme del “pequeño” episodio vivido momentos antes. Además, el individuo en cuestión había debido de subir a otro vagón... o estaría en el andén, esperando a otra jovencita para probar suerte.

En la siguiente estación, en un gesto automático (supongo que de defensa natural), levanté la mirada para observar a la gente que me acompañaba (es importante saber qué clase de personas tienes a tu alrededor, sobre todo en el metro de Madrid, que es una ciudad aparte... un mundo paralelo y diferente al de la superficie, donde cientos de personajes distintos se entremezclan... algunos de ellos incluso peligrosos).

Habían entrado muchas personas, que se apiñaban como podían. Pensé en la suerte que había tenido de ir sentada, sin apretujones.

Seguí leyendo durante cuatro o cinco estaciones más, sin levantar la vista del libro, pues no había necesidad. La gente apenas se movió. Hasta que, llegando a una de las estaciones principales de Madrid (por ser un punto de intersección con otras líneas), comenzó a bajar gente, dejando de nuevo el vagón medio vacío.

Entonces fue cuando volví a ver al enano... sentado frente a mí... sonriéndome...

¡Seguía sin creérmelo! ¿Me estaría persiguiendo? ¡Y encima, se lo estaba pasando en grande! ¡A mi costa!

Me recorrió por el cuerpo una especie de pánico inexplicable, que hizo que se me acelerara el corazón de nuevo... pánico mezclado con rabia e impotencia.

Realmente, no es que estuviera atacando mi integridad física o maltratándome, pero lo cierto era que me sentía humillada y ultrajada, sin saber si quiera lo que pretendía realmente tan peculiar personaje.

¿Sería fruto de mi imaginación y sólo le veía yo?

Decidí que me bajaría en la siguiente parada y cambiaría de tren, sólo por perderle de vista, pues comenzaba a descontrolar mi serenidad.


Así que esperé hasta el último momento en la siguiente estación, y justo antes de que se cerraran las puertas, pegué un salto del asiento y salí corriendo. Las puertas volvieron a cerrarse tras el pitido.

Allí iba el enano, sentado, mirando hacia el lugar donde yo había estado sentada segundos antes. Ni siquiera hizo ademán de ir tras de mí, con lo que pensé que me estaba volviendo un poco paranoica.

Pero en el último instante, antes de que su pequeña "cabeza medio pelada" se perdiera de mi vista, se volvió, y me dirigió otra de sus miradas horrendas... sonriendo, por supuesto.

Ya daba igual. El tren se perdió en el túnel, con el enano dentro.

Esperé al siguiente tren. “Al final – pensé – llegaré tarde al trabajo”.

En seguida pude sentarme de nuevo en un vagón. Pero esta vez, no quise abrir el libro. En cada estación, observaba las puertas del y me repetía a mí misma que era imposible que volviera a ver aquella repugnante cara maliciosa.

Me hubiese resultado simpático si no me hubiera mirado nunca de aquella manera, y si no se hubiese atrevido a rozarme en la pierna con su piececito enfundado en un "minizapato". Me vino a la cabeza la imagen macabra de un muñeco de ventriloquía con vida, y me recorrió un escalofrío.

Quedaban tres estaciones únicamente para llegar a mi destino cuando decidí seguir leyendo para terminar de relajarme.

Era curioso, pero el seguimiento de aquel hombrecillo, se me antojaba que tenía mucho que ver con el título del libro. Aunque pensé que, al menos, aquella historia sí había terminado.

Cuando quedaba sólo una estación, levanté la vista para verificar que así era, y ¿cuál fue mi sorpresa? ¡El puñetero enano entrando por una de las puertas!

Aquello ya se salía de lo común. ¿Sería posible que hubiera estado buscándome?

No podía ser... y no me podía imaginar al enano mirando en los vagones desde el andén para encontrarme. Y cambiando de tren... ¿Qué pretendía? Volvieron a invadirme la cólera y el pánico. Y sentí ganas de agarrarle por el pescuezo con ambas manos y levantarle cual muñecote con intención de ahogarle.

Y el muy cabrón no dejaba de sonreírme mientras yo le miraba pensando en asesinarle.

Me estaba vacilando y se lo estaba pasando en grande.

Se sentó frente a mí de un saltito. Inerte prácticamente. Con las manos entrelazadas en su regazo y los pies colgando. Con aquella sonrisa burlona dibujada en su cara.

Aquel muñeco articulado me estaba "sacando de mis casillas". No estaba dispuesta a que me siguiese hasta la mismísima puerta del trabajo. Y ya había llegado a mi estación de destino.

Así que procedí de la misma manera que la vez anterior, cuando había intentado engañarle cambiando de tren.

Volví a esperar hasta el último instante, a que sonara el pitido. Y antes de que se cerraran las puertas, salté de mi asiento y salí corriendo del vagón de nuevo (parece cómico, pero os aseguro que no lo era en absoluto).

Me quedé en el andén, observando cómo se cerraban las puertas. El enano miró de nuevo hacia atrás, como la vez anterior, y a través de la ventanilla, me dedicó un guiño. Yo le respondí sacándole la lengua y enseñándole el dedo corazón de la mano derecha.

Esperé a que el tren entrara en el túnel y me encaminé a la salida. Mientras, me imaginaba a aquel hombrecillo bajándose en la siguiente estación y buscándome desde el andén en el siguiente tren.

Sonreí.

Esta vez no me encontraría. En cualquier caso, no me relajé completamente hasta que no salí del subterráneo.

Lo peor fue que llegué tarde al trabajo y mi jefe no se creyó nada. Si hubiese contado una historia diferente, aunque hubiese sido mentira, quizá mi jefe no se habría enfadado.

Pensó que me lo había inventado todo...

_ ¿Qué te ha perseguido un enano en el metro?_

Pues sí...

Me había perseguido un enano en el metro... cosas del submundo madrileño...

(Este texto está publicado también por mí en Ciao)


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