Me senté a la mesa camilla con algo de
recelo aún. La silla era cómoda, con brazos a los lados, imitando un sillón de
lectura, pero con el respaldo algo más perpendicular al suelo.
Luisa me había dicho que aquella mujer
era buena realizando su trabajo en infinidad de ocasiones, aunque yo necesitaba
comprobarlo por mí mismo y albergaba la esperanza de que no fuese así para
poder quitarle la razón al menos una vez en la vida. Tras varias negativas por
mi parte, había accedido a visitarla; a pesar de mi incredulidad ante estos
temas.
La mesa, estaba tapada por un gran velo negro ribeteado con
puntilla del mismo color, que traslucía la vieja madera de la que había sido fabricada.
Me pregunté si la carcoma estaría viviendo allí dentro y saqué las piernas de
debajo de la misma, retirando la silla hacia atrás y posando mis codos sobre
ella. Una baraja de cartas gigantescas, permanecía boca abajo esperando ser
utilizadas por quien supiese hacerlo; un incensario y una bolsita oscura
cerrada con un cordel, terminaban de formar el conjunto de herramientas de la pitonisa.
El aroma a sándalo y la quietud de la estancia, ayudaron enormemente
a que mi serenidad regresara y se calmaran los latidos de mi corazón.
En las paredes, docenas de estampas de todos los santos y
vírgenes, se aglutinaban con otras tantas figuras de todos los tamaños,
realizadas en diferentes materiales. Una de aquellas figuras, me llamó mucho la
atención. Se trataba de una imagen tallada en madera negra sin pintar, con dos
cuernos retorcidos a ambos lados de la cabeza y piernas acabadas en pezuñas.
Los brazos de aquella representación, se cruzaban en el pecho; y junto a la
posición cabizbaja de la cabeza, daba la impresión de mostrar sumisión y
respeto.
Justo cuando caí en la cuenta de que no era la única forma
diabólica que allí se reunía acompañando a beatos, mártires, santos y vírgenes
de todos los tamaños, colores, y materiales que puedan existir, se abrió la
puerta acompañada de un suave chasquido. No pude evitar dar un pequeño brinco
en la silla. Entró entonces una mujer mugrienta, con coleta gris y despeinada,
que miraba al suelo… o a mis zapatos… no supe distinguir muy bien hacia dónde
miraba.
Me puse en pie y saludé a mi anfitriona tendiéndole la mano. Ella
la tomó con las dos suyas y tiró de mí, susurrándome al oído: -¿Y ella lo
sabe?-
Me dejó sin palabras, por lo que no pude
contestarla al momento. Cuando por fin pude hacerlo, la adivina ya estaba
sentada en la silla frente a la mía y se disponía a abrir el saquito oscuro.
- ¿A qué se refiere?- Pregunté mientras tomaba de nuevo asiento.
- Tú ya sabes a qué me refiero… Es demasiado joven para ti.- Y me
miró de soslayo, regalándome una mueca desdentada medio sonriente y la mirada
rebosante de picardía.
Dejó caer el contenido del pequeño saco tras tirar del cordel,
sobre la mesa, y unas pequeñas piedras con símbolos dibujados en negro sobre
ellas rodaron por encima del velo.
-¿Qué quieres saber? Las runas nos ayudarán con la respuesta.-
Dijo la señora, moviendo las runas con ambas manos y sin quitarme el ojo de
encima.
¿Cómo podía ella saberlo? Nadie lo
sabía. Aquella bruja era amiga de Luisa, mi mujer. Y Luisa no podía saberlo.
Así que me quedé con la boca abierta y la mirada perdida. De hecho, pensé en la
probabilidad de que Luisa lo supiera y que el hacerme ir a ver a su amiga,
fuese una especie de encerrona para que confesara. Pero no podía confesar. Era
demasiado peligroso hablar de mi otra relación con la primera persona que se
cruzase en mi camino. Y más cuando llevaba tantos meses ocultándoselo a todo el
mundo.
-¿Por qué tiene usted tantas imágenes del demonio?- Escupí sin pensar,
en un intento de ocultar mis preocupaciones.
- Fue un ángel y un mártir...- Profirió tras soltar un
espeluznante eructo que prácticamente me salpicó el flequillo. - … es tan
poderoso realizando milagros como cualquiera de las otras imágenes que ves
aquí. De hecho, yo diría, que es el que más prodigios y bendiciones nos concede
a los humanos.- Hizo una pausa y prosiguió: - ¿Qué te preocupa? ¿Acaso crees
que se lo contaré a Luisa? No te preocupes. No diré nada.- Soltó de sopetón.
- ¿Pero qué sabe usted y por qué?- No entendía cómo podía seguir
hablándome así, como si ambos hubiésemos hablado del tema en infinidad de
ocasiones, con total normalidad.
- Sé que estás enamorado de ella, y también sé que es ilegal. Pero
las leyes humanas y las divinas se contradicen en numerosas ocasiones y de
nosotros depende seguir a unas u a otras. Lo importante es tener la conciencia
tranquila. ¿Tú la tienes José?- Y cruzó las manos sobre la mesa esperando mi
respuesta.
- Sí, estoy enamorado. Soy consciente de la cantidad de años que
nos separan. Pero la amo con toda mi alma. Es solo que…-
-¿Qué?-
- Que ella tan solo tiene trece años.-
- Ya.- Y volvió a meter las runas en su saquito sin decir más.
Cerró de nuevo con el cordel y lo dejó a un lado. Después, dirigió su mirada a
la pequeña estatua de madera negra de la pared y sonrió. Cuando yo mismo miré
en aquella dirección, observé que los brazos de la pequeña figura, estaban
ahora elevados en cruz, con las palmas hacia arriba y la cabeza ensalzada,
mirando al cielo.
Cuando salí de allí, no podía quitarme de la cabeza aquella abominable
imagen del diablo mirando al cielo con los brazos en cruz. Jamás he creído en
Dios, y mucho menos en brujas ni demonios, y aún no sabría cómo explicar que
aquel engendro tuviese vida. Tan sólo quería poner en orden mis pensamientos e
inventar una buena historia que contar a Luisa. Ella me preguntaría por la
experiencia con su amiga, la bruja, y yo no sabría qué contestarla. Cuando
quise darme cuenta, había llegado a casa, y simplemente decidí que la contaría
algo de cuando era más joven, que ella no supiera ya, por supuesto; o alguna
predicción inventada que luego me serviría para señalar que aquella vidente no
tenía ni idea de predecir nada, y así mataría dos pájaros de un tiro.
Cualquier cosa me habría servido, menos contarle la verdad a mi mujer.
Que me había enamorado de una de mis alumnas, que podría ser mi nieta, y que
por supuesto, sabía de antemano que mi amor algún día me dejaría por alguien
más joven o moriría antes de que ella llegase a ser realmente una mujer.
Por primera vez en los últimos meses,
sentí el peso de la justicia sobre mí.
Abrí la puerta de casa y no hallé
respuesta por parte de Luisa. La encontré tirada en el suelo del baño, desnuda.
Su cuerpo arrugado estaba blanquecino. Su cara, en un gesto de pavor,
me recordó a algunas de las imágenes que acababa de ver en el antro de la
pitonisa. Fue enterrada dos días después, tras el examen del médico forense.
Había muerto de un infarto, Padre.
Y ahora estoy contándole todo esto, porque no sé a quién acudir y
yo sigo enamorado de un imposible. Esa mujer lo sabe, y tengo miedo porque
intuyo que tarde o temprano, la justicia humana hará mella en mí, de una forma
u otra. Necesito que alguien me diga que no estoy actuando mal. Creo que no
hago mal a nadie…
(Este texto está publicado también por mí en Ciao y en el foro de Bubok)
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