El enano
Quiero dejar
claro, que no tengo nada en contra de las personas pequeñas, de hecho,
tengo una amiga afectada por enanismo, que se llama María, a la que aprecio
muchísimo y que me parece una de las personas más inteligentes que he conocido
en mi vida.
Además, me río
mucho con ella (nunca de ella, que no es lo mismo).
Como ella misma
dice: "Seguro que follo más que tu..." y es cierto, tiene mucho éxito
con los hombres.
Es grande
María.
Perdonad por
este pequeño inciso, pero tenía que aclararlo antes de que leáis lo que sigue a
continuación.
Esta historia me
ocurrió en realidad y pasé mucho miedo.
De hecho, aunque
hubiese sido alguien más alto (osea, grande, como dicen ellos mismos) o
cualquier otro tipo de hombre, habría pasado el mismo miedo.
Basado
en hechos reales
Era mi primer
empleo.
Recién cumplida
la mayoría de edad (una niña).
Línea seis del
metro de Madrid.
Pasada la hora
punta.
En mis manos, un
buen libro: “La Historia Interminable” de Michael Ende (el cual, como ya he
dicho en varias ocasiones, he leído tres veces. Aquella fue la primera vez que
lo leía).
En el andén:
prácticamente nadie (ya digo que acababa de pasar la hora punta).
El tren acababa
de abandonar la estación del metro. Así que decidí esperar al siguiente,
sentada en uno de los bancos del andén mientras disfrutaba de tan apasionante
lectura.
A los pocos
minutos, sentí una presencia muy cerca, sentada a mi derecha, casi
pegada a mí.
Tan enfrascada
estaba en mi libro, que apenas me había percatado de su llegada.
Giré mi cuello
hacia el lugar, apenas sin levantar la mirada del libro, echando una rápida
ojeada en esa dirección; para descubrir quién era aquel sigiloso
ser que se había sentado tan cerca de mí: un enano.
Tendría unos
cincuenta años y me miraba con ojos picaruelos... me sonreía de manera
lasciva…
¡A saber
lo que le pasaba por la cabeza!
Le devolví la
mirada con un gesto muy serio, de arriba abajo por encima del hombro (no me
llevó mucho tiempo debido a sus cortas dimensiones). Con aquel gesto, intenté decirle:
“¡Borra esa estúpida sonrisa, payaso! ¿No ves que podrías ser mi abuelo?"
Regresé a mi
Historia Interminable. Atreyu, el protagonista, estaba a punto de ser devorado
por la Nada (si habéis leído el libro, sabréis de lo que hablo) y no me
apetecía que nada ni nadie interrumpiera aquellos sucesos literarios.
Pero el enano no
supo leerme el pensamiento (o no le daba la gana), y como si en lo único que
pensase el desgraciado fuese en fastidiarme, comenzó a rozarme lujuriosamente
la pierna con su piececillo colgante.
Muy sensualmente.
¡No me lo podía
creer! ¡Qué atrevimiento!
Por unos
instantes, tuve la tentación de levantarme, cogerle por el brazo, y zarandearle
como a un niño pequeño. Pero el muy capullo, seguía sonriéndome y mirándome con
lujuria.
En el andén
apenas había dos o tres personas más.
Entonces se oyó
el traqueteo de los vagones sobre los raíles. Eso fue lo que salvó al enano de
morir desnucado contra las vías, pues yo estaba a punto de lanzarle hacia el
hueco, ya que acababa de guiñarme un ojo y lanzarme un besito con aquellos
labios de almendra que empezaban a darme asco.
Cerré el libro,
le eché una última mirada asesina y me encaminé hacia los vagones sin mirar
atrás (pero con el corazón latiéndome muy rápido en el pecho; de impotencia, de
miedo, y no sé cuántas cosas más).
Se abrieron las
puertas. Había asientos libres. Así que me senté y volví a abrir mi libro.
Era en esa misma
línea de metro donde debía bajarme, así que no debía hacer ningún transbordo. Y
aún quedaban más de diez estaciones...
Me abandoné a la
lectura sin preocuparme del “pequeño” episodio vivido momentos antes. Además,
el individuo en cuestión había debido de subir a otro vagón... o estaría en el
andén, esperando a otra jovencita para probar suerte.
En la siguiente
estación, en un gesto automático (supongo que de defensa natural), levanté la
mirada para observar a la gente que me acompañaba (es importante saber qué
clase de personas tienes a tu alrededor, sobre todo en el metro de Madrid, que
es una ciudad aparte... un mundo paralelo y diferente al de la superficie,
donde cientos de personajes distintos se entremezclan... algunos de ellos
incluso peligrosos).
Habían entrado
muchas personas, que se apiñaban como podían. Pensé en la suerte que había
tenido de ir sentada, sin apretujones.
Seguí leyendo
durante cuatro o cinco estaciones más, sin levantar la vista del libro, pues no
había necesidad. La gente apenas se movió. Hasta que, llegando a una de las
estaciones principales de Madrid (por ser un punto de intersección con otras
líneas), comenzó a bajar gente, dejando de nuevo el vagón medio vacío.
Entonces fue
cuando volví a ver al enano... sentado frente a mí... sonriéndome...
¡Seguía sin
creérmelo! ¿Me estaría persiguiendo? ¡Y encima, se lo estaba pasando en grande!
¡A mi costa!
Me recorrió por
el cuerpo una especie de pánico inexplicable, que hizo que se me acelerara el
corazón de nuevo... pánico mezclado con rabia e impotencia.
Realmente, no es
que estuviera atacando mi integridad física o maltratándome, pero lo cierto era
que me sentía humillada y ultrajada, sin saber si quiera lo que pretendía
realmente tan peculiar personaje.
¿Sería fruto de
mi imaginación y sólo le veía yo?
Decidí que me
bajaría en la siguiente parada y cambiaría de tren, sólo por perderle de vista,
pues comenzaba a descontrolar mi serenidad.
Así que esperé
hasta el último momento en la siguiente estación, y justo antes de que se
cerraran las puertas, pegué un salto del asiento y salí corriendo. Las puertas
volvieron a cerrarse tras el pitido.
Allí iba el
enano, sentado, mirando hacia el lugar donde yo había estado sentada segundos
antes. Ni siquiera hizo ademán de ir tras de mí, con lo que pensé que me estaba
volviendo un poco paranoica.
Pero en el
último instante, antes de que su pequeña "cabeza medio pelada" se
perdiera de mi vista, se volvió, y me dirigió otra de sus miradas horrendas...
sonriendo, por supuesto.
Ya daba igual.
El tren se perdió en el túnel, con el enano dentro.
Esperé al
siguiente tren. “Al final – pensé – llegaré tarde al
trabajo”.
En seguida pude
sentarme de nuevo en un vagón. Pero esta vez, no quise abrir el libro. En cada
estación, observaba las puertas del y me repetía a mí misma que era imposible
que volviera a ver aquella repugnante cara maliciosa.
Me hubiese
resultado simpático si no me hubiera mirado nunca de aquella manera, y si no se
hubiese atrevido a rozarme en la pierna con su piececito enfundado en un
"minizapato". Me vino a la cabeza la imagen macabra de un muñeco de
ventriloquía con vida, y me recorrió un escalofrío.
Quedaban tres
estaciones únicamente para llegar a mi destino cuando decidí seguir leyendo
para terminar de relajarme.
Era curioso,
pero el seguimiento de aquel hombrecillo, se me antojaba que tenía mucho que
ver con el título del libro. Aunque pensé que, al menos, aquella historia sí
había terminado.
Cuando quedaba
sólo una estación, levanté la vista para verificar que así era, y ¿cuál fue mi
sorpresa? ¡El puñetero enano entrando por una de las puertas!
Aquello ya se
salía de lo común. ¿Sería posible que hubiera estado buscándome?
No podía ser...
y no me podía imaginar al enano mirando en los vagones desde el andén para encontrarme.
Y cambiando de tren... ¿Qué pretendía? Volvieron a invadirme la cólera y el
pánico. Y sentí ganas de agarrarle por el pescuezo con ambas manos y levantarle
cual muñecote con intención de ahogarle.
Y el muy cabrón
no dejaba de sonreírme mientras yo le miraba pensando en asesinarle.
Me estaba
vacilando y se lo estaba pasando en grande.
Se sentó frente
a mí de un saltito. Inerte prácticamente. Con las manos entrelazadas en su
regazo y los pies colgando. Con aquella sonrisa burlona dibujada en su cara.
Aquel muñeco
articulado me estaba "sacando de mis casillas". No estaba dispuesta a
que me siguiese hasta la mismísima puerta del trabajo. Y ya había llegado a mi
estación de destino.
Así que procedí
de la misma manera que la vez anterior, cuando había intentado engañarle
cambiando de tren.
Volví a esperar
hasta el último instante, a que sonara el pitido. Y antes de que se cerraran
las puertas, salté de mi asiento y salí corriendo del vagón de nuevo (parece
cómico, pero os aseguro que no lo era en absoluto).
Me quedé en el
andén, observando cómo se cerraban las puertas. El enano miró de nuevo hacia
atrás, como la vez anterior, y a través de la ventanilla, me dedicó un guiño.
Yo le respondí sacándole la lengua y enseñándole el dedo corazón de la mano
derecha.
Esperé a que el
tren entrara en el túnel y me encaminé a la salida. Mientras, me imaginaba a
aquel hombrecillo bajándose en la siguiente estación y buscándome desde el
andén en el siguiente tren.
Sonreí.
Esta vez no me
encontraría. En cualquier caso, no me relajé completamente hasta que no salí
del subterráneo.
Lo peor
fue que llegué tarde al trabajo y mi jefe no se creyó nada. Si hubiese
contado una historia diferente, aunque hubiese sido mentira, quizá mi jefe no
se habría enfadado.
Pensó que me lo
había inventado todo...
_ ¿Qué te ha
perseguido un enano en el metro?_
Pues sí...
Me había
perseguido un enano en el metro... cosas del submundo madrileño...
(Este texto está publicado también por mí en Ciao)
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