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Así que no me plagies :)

Así que no me plagies :)
sábado, 17 de noviembre de 2012 0 comentarios

Impactada directamente en el corazón

Desde mi posición solo acertaba a oír de vez en cuando algún que otro disparo, y a veces incluso, alguna ráfaga... y por supuesto, mi respiración... rebotando en el duro material del que estaba hecho el protector de mi cara.

Un tímido pajarillo se atrevía a trinar por encima de mi cabeza, oculto en las frondosas ramas del árbol tras cuyo tronco me hallaba yo parapetada.

Empezaba a molestarme, y mucho, la ropa mimetizada y el sol radiante de la primavera, que me hería directamente en los ojos, los cuales apenas veían ya nada, a través de los "goterones" de sudor que resbalaban por mi frente.

La mochila me pesaba y recordé que podría echar un buen trago de agua, pero no podía perder más tiempo y pensé que cualquier "movimiento en falso" o relajación por mi parte, sería fatal.

No me atrevía a asomarme tras el tronco por miedo a ser impactada, pero tenía que hacerlo tarde o temprano si quería ganar aquella batalla.

Así que, me tiré "cuerpo a tierra" sin soltar en ningún momento mi arma, y arrastrándome, llegué hasta el siguiente tronco de árbol y allí me quedé escuchando arrodillada.

Asomé tímidamente la cabeza por fin, y atisbé el movimiento de un cuerpo tras unas rocas cercanas, y un estornudo producido por su alergia al polen... debía de ser el blanco que yo buscaba. Sonreí: "Te tengo".

Me llevé el arma a la cara y disparé sin miramientos para que aquel saliera de su escondrijo.

“¡Blanco!”

_ ¡Vale mamá... tu ganas!_

En realidad no hice blanco, hice más bien un color sonrosado. La bolita había impactado directamente en el "culillo" de mi hijo, que salió de detrás de su escondrijo con la mano en alto mostrando que había sido impactado y que su equipo había perdido la partida.

Entre carcajadas le abracé y le prometí con los dedos cruzados, que el próximo día, le dejaría ganar.

Mi niño nació un primer domingo de mayo, un "Día de la Madre", así que me hizo doblemente feliz, porque gracias a él, podíamos celebrar dos cosas aquel día. Y era una promesa que le había hecho hace años el ir a echar una partida de Paintball en cuanto tuviese la edad reglamentaria.

(Este texto está publicado también por mí en Ciao)

miércoles, 14 de noviembre de 2012 0 comentarios


Adiós padrino...


No he podido despedirme de ti...

Bueno, en realidad, no he querido...

... no he querido ver cómo te consumías...

... no he querido ver tu amplia sonrisa eclipsada por la sombra de la muerte y tus grandes ojos amoratados y hundidos...

... no he querido ver tus frágiles huesos pegados a tu piel de pergamino...

... y no he querido sufrir, ni hacerte sufrir mientras veías cómo sufría yo al ver tu sufrimiento...

... no habría podido disimular...

... y te habría hecho llorar sin remedio... habría estropeado esa sonrisa y esa cara tan feliz que tengo en mi recuerdo...

Hoy he visto una foto tuya, cuando contabas con quince años de edad... la misma edad que tiene ahora mi hijo... la edad que tenías cuando me llevaste a la pila bautismal junto a mis padres y a la madrina...

... tan joven, tan inmaduro, tan feliz, tan ignorante de lo que la vida te depararía en los años venideros...

Duros años de trabajo en el campo por muy pocas "perras" como dicen por allí...

Años de madrugones, recogidas de aceituna, de almendras, de crianza de animales, de albañilería, de cerrajería, y hasta de construcciones de puentes, túneles y caminos... por varios lugares cercanos...

... en fin... no tenías oficio ni estudios... pero sabías hacer mucho más que muchos ingenieros y muchos políticos, e incluso que muchos veterinarios, médicos y hasta algún que otro físico...

Tenías una letra preciosa y sin faltas de ortografía a pesar de haberte criado en un pequeño pueblo, que es la excusa que muchos ponen cuando les preguntas por qué no han aprendido...

Aún recuerdo los dibujos que nos hacías a mi hermano y a mí cuando éramos pequeños...

Años de mala suerte en los que tuviste varios accidentes con la moto por ir a todas partes con demasiada prisa...

Años de depresiones en los que engullías pastillas para poder olvidar que aún trabajando de sol a sol no quedaba ni para poder comer ni dar a los tuyos...

Hace ya más de una semana que metimos tu ligera y recién barnizada caja en su último lugar de descanso... a mi hermano se le tiñeron los dedos con aquel barniz y le dio mucha pena verlo...

... a lo largo del camino, los olivos ocultaban el riachuelo que te echa ya de menos...

... las piedras de las calles enmudecían a nuestro paso y las paredes de las casas se pusieron de nuevo el velo...

... a las puertas del cementerio, unos juguetones jilgueros te esperaban trinando en medio del silencio, los mismos jilgueros que con tanto cariño recogías del pie de los árboles cuando caían de sus nidos y con tus propios labios alimentabas hasta que pudieran valerse por sí mismos...

Mientras caminábamos en medio del cortejo, tras el triste vehículo que contenía tu féretro, un hombre se ha acercado a nosotros, y nos ha recordado cuánto sentía tu pérdida, ya que le salvaste de morir ahogado un día que caminabas buscando cardillos...

... eras un nadador excepcional padrino... y nunca te dieron ninguna medalla...

... en la familia hay gente que ni siquiera sabía que habías salvado una vez la vida de un hombre... tan humilde eras que no hablabas de tus heroísmos...

Sé que no querías que te llevaran a la parroquia: "...de la cama a la tumba, hijos, no quiero que nadie me llore lágrimas falsas...", pero creo que nadie ha llorado falsamente padrino, quizá no sabías lo importante que eras para la gente del pueblo... y para todos nosotros...

Cruel enfermedad que te ha impedido ver nacer a tus futuros nietos, que con cincuenta y tres años no te ha permitido disfrutar de nada de la vida fuera de lo que ya conocías...

... quiero creer que has muerto feliz...

... siempre descalzo, sintiendo a la Madre Tierra, hiciera frío o calor, hubiese lluvia o barro bajo tus pies... siempre en el campo, como lo que somos en realidad: una especie más de este loco Planeta.

La ciudad te quedó grande y volvías una y otra vez a la tierra que te había visto nacer...

Aún tengo en mi cocina un tarro de almendras dulces que recogiste estando ya enfermo, y en la nevera, deliciosos huevos de tus pequeñas gallinas, esas que has criado con tanto cariño y que ya te echan también de menos...

Injusto Dios que no ha escuchado tus ganas de vivir... "Yo aún no me voy a morir, aún soy muy nuevo..." o "¡...qué ganas tengo de que me den el alta los médicos...!"

Por eso has aguantado hasta el último momento, por eso no te has rendido hasta que tu cuerpo no ha podido soportar el peso de tu alma, que según dicen pesa dos gramos... la tuya debía pesar veintisiete kilos, que son los que esa dichosa enfermedad te ha dejado...

... sé que he sido egoísta...

... sé que nunca me perdonaré por ello...

... pero no he querido verte así... lo siento...

... y ya no hay remedio... espero que tu sí sepas perdonarme padrino...

(Este texto está publicado también por mí en Ciao)



martes, 13 de noviembre de 2012 0 comentarios

El enano

Quiero dejar claro, que no tengo nada en contra de las personas pequeñas, de hecho, tengo una amiga afectada por enanismo, que se llama María, a la que aprecio muchísimo y que me parece una de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida.

Además, me río mucho con ella (nunca de ella, que no es lo mismo).

Como ella misma dice: "Seguro que follo más que tu..." y es cierto, tiene mucho éxito con los hombres.

Es grande María.

Perdonad por este pequeño inciso, pero tenía que aclararlo antes de que leáis lo que sigue a continuación.

Esta historia me ocurrió en realidad y pasé mucho miedo.

De hecho, aunque hubiese sido alguien más alto (osea, grande, como dicen ellos mismos) o cualquier otro tipo de hombre, habría pasado el mismo miedo.


Basado en hechos reales


Era mi primer empleo.

Recién cumplida la mayoría de edad (una niña).

Línea seis del metro de Madrid.

Pasada la hora punta.

En mis manos, un buen libro: “La Historia Interminable” de Michael Ende (el cual, como ya he dicho en varias ocasiones, he leído tres veces. Aquella fue la primera vez que lo leía).

En el andén: prácticamente nadie (ya digo que acababa de pasar la hora punta).

El tren acababa de abandonar la estación del metro. Así que decidí esperar al siguiente, sentada en uno de los bancos del andén mientras disfrutaba de tan apasionante lectura.

A los pocos minutos, sentí una presencia muy cerca, sentada a mi derecha, casi pegada a mí.

Tan enfrascada estaba en mi libro, que apenas me había percatado de su llegada.

Giré mi cuello hacia el lugar, apenas sin levantar la mirada del libro, echando una rápida ojeada en esa dirección; para descubrir quién era aquel sigiloso ser que se había sentado tan cerca de mí: un enano.

Tendría unos cincuenta años y me miraba con ojos picaruelos... me sonreía de manera lasciva…

 ¡A saber lo que le pasaba por la cabeza!

Le devolví la mirada con un gesto muy serio, de arriba abajo por encima del hombro (no me llevó mucho tiempo debido a sus cortas dimensiones). Con aquel gesto, intenté decirle: “¡Borra esa estúpida sonrisa, payaso! ¿No ves que podrías ser mi abuelo?"

Regresé a mi Historia Interminable. Atreyu, el protagonista, estaba a punto de ser devorado por la Nada (si habéis leído el libro, sabréis de lo que hablo) y no me apetecía que nada ni nadie interrumpiera aquellos sucesos literarios.

Pero el enano no supo leerme el pensamiento (o no le daba la gana), y como si en lo único que pensase el desgraciado fuese en fastidiarme, comenzó a rozarme lujuriosamente la pierna con su piececillo colgante.

Muy sensualmente.

¡No me lo podía creer! ¡Qué atrevimiento!

Por unos instantes, tuve la tentación de levantarme, cogerle por el brazo, y zarandearle como a un niño pequeño. Pero el muy capullo, seguía sonriéndome y mirándome con lujuria.

En el andén apenas había dos o tres personas más.

Entonces se oyó el traqueteo de los vagones sobre los raíles. Eso fue lo que salvó al enano de morir desnucado contra las vías, pues yo estaba a punto de lanzarle hacia el hueco, ya que acababa de guiñarme un ojo y lanzarme un besito con aquellos labios de almendra que empezaban a darme asco.

Cerré el libro, le eché una última mirada asesina y me encaminé hacia los vagones sin mirar atrás (pero con el corazón latiéndome muy rápido en el pecho; de impotencia, de miedo, y no sé cuántas cosas más).

Se abrieron las puertas. Había asientos libres. Así que me senté y volví a abrir mi libro.

Era en esa misma línea de metro donde debía bajarme, así que no debía hacer ningún transbordo. Y aún quedaban más de diez estaciones...

Me abandoné a la lectura sin preocuparme del “pequeño” episodio vivido momentos antes. Además, el individuo en cuestión había debido de subir a otro vagón... o estaría en el andén, esperando a otra jovencita para probar suerte.

En la siguiente estación, en un gesto automático (supongo que de defensa natural), levanté la mirada para observar a la gente que me acompañaba (es importante saber qué clase de personas tienes a tu alrededor, sobre todo en el metro de Madrid, que es una ciudad aparte... un mundo paralelo y diferente al de la superficie, donde cientos de personajes distintos se entremezclan... algunos de ellos incluso peligrosos).

Habían entrado muchas personas, que se apiñaban como podían. Pensé en la suerte que había tenido de ir sentada, sin apretujones.

Seguí leyendo durante cuatro o cinco estaciones más, sin levantar la vista del libro, pues no había necesidad. La gente apenas se movió. Hasta que, llegando a una de las estaciones principales de Madrid (por ser un punto de intersección con otras líneas), comenzó a bajar gente, dejando de nuevo el vagón medio vacío.

Entonces fue cuando volví a ver al enano... sentado frente a mí... sonriéndome...

¡Seguía sin creérmelo! ¿Me estaría persiguiendo? ¡Y encima, se lo estaba pasando en grande! ¡A mi costa!

Me recorrió por el cuerpo una especie de pánico inexplicable, que hizo que se me acelerara el corazón de nuevo... pánico mezclado con rabia e impotencia.

Realmente, no es que estuviera atacando mi integridad física o maltratándome, pero lo cierto era que me sentía humillada y ultrajada, sin saber si quiera lo que pretendía realmente tan peculiar personaje.

¿Sería fruto de mi imaginación y sólo le veía yo?

Decidí que me bajaría en la siguiente parada y cambiaría de tren, sólo por perderle de vista, pues comenzaba a descontrolar mi serenidad.


Así que esperé hasta el último momento en la siguiente estación, y justo antes de que se cerraran las puertas, pegué un salto del asiento y salí corriendo. Las puertas volvieron a cerrarse tras el pitido.

Allí iba el enano, sentado, mirando hacia el lugar donde yo había estado sentada segundos antes. Ni siquiera hizo ademán de ir tras de mí, con lo que pensé que me estaba volviendo un poco paranoica.

Pero en el último instante, antes de que su pequeña "cabeza medio pelada" se perdiera de mi vista, se volvió, y me dirigió otra de sus miradas horrendas... sonriendo, por supuesto.

Ya daba igual. El tren se perdió en el túnel, con el enano dentro.

Esperé al siguiente tren. “Al final – pensé – llegaré tarde al trabajo”.

En seguida pude sentarme de nuevo en un vagón. Pero esta vez, no quise abrir el libro. En cada estación, observaba las puertas del y me repetía a mí misma que era imposible que volviera a ver aquella repugnante cara maliciosa.

Me hubiese resultado simpático si no me hubiera mirado nunca de aquella manera, y si no se hubiese atrevido a rozarme en la pierna con su piececito enfundado en un "minizapato". Me vino a la cabeza la imagen macabra de un muñeco de ventriloquía con vida, y me recorrió un escalofrío.

Quedaban tres estaciones únicamente para llegar a mi destino cuando decidí seguir leyendo para terminar de relajarme.

Era curioso, pero el seguimiento de aquel hombrecillo, se me antojaba que tenía mucho que ver con el título del libro. Aunque pensé que, al menos, aquella historia sí había terminado.

Cuando quedaba sólo una estación, levanté la vista para verificar que así era, y ¿cuál fue mi sorpresa? ¡El puñetero enano entrando por una de las puertas!

Aquello ya se salía de lo común. ¿Sería posible que hubiera estado buscándome?

No podía ser... y no me podía imaginar al enano mirando en los vagones desde el andén para encontrarme. Y cambiando de tren... ¿Qué pretendía? Volvieron a invadirme la cólera y el pánico. Y sentí ganas de agarrarle por el pescuezo con ambas manos y levantarle cual muñecote con intención de ahogarle.

Y el muy cabrón no dejaba de sonreírme mientras yo le miraba pensando en asesinarle.

Me estaba vacilando y se lo estaba pasando en grande.

Se sentó frente a mí de un saltito. Inerte prácticamente. Con las manos entrelazadas en su regazo y los pies colgando. Con aquella sonrisa burlona dibujada en su cara.

Aquel muñeco articulado me estaba "sacando de mis casillas". No estaba dispuesta a que me siguiese hasta la mismísima puerta del trabajo. Y ya había llegado a mi estación de destino.

Así que procedí de la misma manera que la vez anterior, cuando había intentado engañarle cambiando de tren.

Volví a esperar hasta el último instante, a que sonara el pitido. Y antes de que se cerraran las puertas, salté de mi asiento y salí corriendo del vagón de nuevo (parece cómico, pero os aseguro que no lo era en absoluto).

Me quedé en el andén, observando cómo se cerraban las puertas. El enano miró de nuevo hacia atrás, como la vez anterior, y a través de la ventanilla, me dedicó un guiño. Yo le respondí sacándole la lengua y enseñándole el dedo corazón de la mano derecha.

Esperé a que el tren entrara en el túnel y me encaminé a la salida. Mientras, me imaginaba a aquel hombrecillo bajándose en la siguiente estación y buscándome desde el andén en el siguiente tren.

Sonreí.

Esta vez no me encontraría. En cualquier caso, no me relajé completamente hasta que no salí del subterráneo.

Lo peor fue que llegué tarde al trabajo y mi jefe no se creyó nada. Si hubiese contado una historia diferente, aunque hubiese sido mentira, quizá mi jefe no se habría enfadado.

Pensó que me lo había inventado todo...

_ ¿Qué te ha perseguido un enano en el metro?_

Pues sí...

Me había perseguido un enano en el metro... cosas del submundo madrileño...

(Este texto está publicado también por mí en Ciao)


 
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